Comenzo a
empolvarse la nariz, un poco de
rimel para las
pestanas y
carmin para los delgados labios que tenia a ver si
así se notaban un poco mas. Que mas necesitaba para ser mujer? Un par de senos operados, piernas largas, abdomen plano y mas hombres era lo que en su cabeza se planteaba mientras tanto
Julian se abrochaba sus tenis se alborotaba el cabello y se
disponía a salir sin fijarse un poco en lo que
Renata hacia, como siempre.
La tomo por su cintura mal formada y le planto un beso en la mejilla para despedirse. Solo escucho la puerta de la entrada cerrarse tras sus pasos apresurados.
Se volteo una ves mas al espejo y con gran
ímpetu levanto la cara, como orgullosa, como mal, como abandonada (sin
serlo) y como quererse encerrar de todos esos pensamientos incesantes.
Abrió su
closet para buscar esos tacones rojos con los que
conoció a
Julian que no sabia usar muy bien pero igual era una de esas tantas cosas que se supone
debían gustar. Todo lo que se
suponía debía ser en ese momento era bueno.
Dio vueltas por la casa, como los perros cuando quieren escapar y no saben por donde, todo estaba impregnado con el aroma de su esposo, con los recuerdos, con la
monotonía que
vivían pero de cualquier forma resultaba bastante confortante. Por un instante se aterro de si misma y de lo traicionero que
podía llegar a ser su
corazón: Si
Julian hiciese lo mismo, me muero-
pensó en un segundo.
No quedo mas que devolverse a la
recámara, prender un cigarro mientras se desmaquillaba a llantos.
Finalmente se
sentó en su maquina de escribir siempre fiel a la idea
Bukowskiana de que escribir era una batalla y esa misma noche era una batalla con ella, al menos hasta que su esposo estuviese de vuelta.